
Mi Jardín del Edén está habitado por animales y rodeado de butacas para quien quiera echar una mirada. No hay muralla pero tampoco hay paso. Es evidente que no pertenezco. Lo observo desde afuera y salivo.
Allá lejos, entre monos, garzas e iguanas en equilibrio, está esa candidez original que Montaigne propuso, y no es para mí. Me queda dibujar a la distancia para intentar entender, traducir y combatir la nostalgia por el paraíso perdido, con John Berger susurrándome al oído: "Dibujar a fin de descubrir es un proceso divino; es encontrar el efecto y la causa. La fuerza de la línea, que no existe en la naturaleza, expone y demuestra lo tangible con mayor definición que la propia vista frente al objeto en cuestión".
Carl Sagan escribió que el Universo obliga a quienes lo poblamos, a entenderlo y que pertenece a quienes, al menos en cierta medida, lo han descifrado. Quiero que ese Jardín sea mío. Pienso en lo que decía Schopenhauer: el arte establece una forma de conocimiento privilegiada y certera. Entonces, aun desde el margen, exiliada en mi palco, me toca un pedacito de Universo.
Mónica Álvarez Herrasti