
Dice el escritor y naturalista Henry Beston que el ser humano no debiera ser la medida del animal; que “en un mundo más antiguo y pleno que el nuestro, los animales se mueven terminados y completos, dotados con la extensión de unos sentidos que nosotros perdimos o jamás poseímos, siguiendo voces que nunca oiremos. No son nuestros hermanos, no son subalternos; son otras naciones”.
Es en esta dimensión que Beston plantea, donde ubico mi obra plástica desde hace muchos años: la imposibilidad de pertenecer, la pesadez de la añoranza y la consecuente resignación. Es así y lo asumo, para poder continuar sin asfixiarme.
Existe, sin embargo, un atisbo de luz en la promesa que me hace el animal que me acompaña. Mi perro —mis perros—. El de ahora, los que han sido míos y de quienes he sido suya, a lo largo de mi vida. Canes de diversos tamaños, colores y temperamentos, pero todos con alma de xoloitzcuintle; animales que antes de irse me han prometido que, cuando llegue el momento, me ayudarán a cruzar al río y a incorporarme a ese mundo más antiguo y pleno que ellos conocen desde siempre.
Mónica Álvarez Herrasti