La amnesia y sus transformismos
Luis Ignacio Sáinz
Texto para la exposición Anmesia, 2017.
El arte del retrato, cuando cumple lo que ofrece, concilia el oficio del dibujo, como ejercicio académico, de inspiración anatómica, con la fantasía, el sentido y la representación de la percepción: de lo que se cree sobre lo que es. La verdad de lo real es su vigencia, que defendiera Ernst Cassirer. Así, entre mundos tan encontrados, la apariencia y su cáscara, versus la intención y su pulpa, irrumpe en la escena de la composición contemporánea Mónica Álvarez Herrasti, con esa suma delirante bautizada Amnesia: desfile de deseos, gozos y placeres que recorre las geografías de quienes se metamorfosearon: primero, en líneas y trazos, el dibujo como materia y contenido; después, en vehículo de habilidades animales, especie de nahualismo chamánico. Originalísimo proceso de identificación del sujeto con la potencia y gracia de algún insecto en particular. Lejos de las ecuaciones que nos reconocen identidad únicamente en bestias poderosísimas, tan silenciosa compositora de constelaciones inverosímiles, que pasan por los andenes de la vida como si tal cosa, se fuga en los laberintos propios de los mamíferos, los peces y las aves, entre ellos un dilatado pulpo estampado, pero privilegiando a los artrópodos; dando lugar a una práctica transformista de nuevo tipo: ya no solo en la teriantropía (Θηριο, therion: “animal salvaje” o “bestia”, y ανθρωπος, anthrōpos: “hombre”), que asocia al ser humano con animales de fuste, sobre todo Mammalia, sino la entomonatropía (ἔντομον, éntomon: "insecto" y ανθρωπος, anthrōpos: “hombre”) que vincula a los primates no tan superiores, nosotros, con los bichos, fragmentos de eternidad, fósiles vivientes.
Sucesión de finísimos retratos a grafito que se centran en los rostros acompañados por sabandijas en prismacolor posados en los costados de las caras para no estorbar, se trata pues de alimañas y gusarapos muy considerados, si bien no pierden su condición inquietante y perturbadora. Empero, el conjunto se somete a una voz, la de Amnesia, cuya visualidad material trasciende los vermes, ancla en dos personajes femeninos de corta edad y cuerpo entero monocromos, ataviados a punto para la batalla, con vestidos de hojas como si fueran homenajes vivos y animados al tabaco, armadas de unas pequeñas picas o jabalinas, portando unos cascos electrificados, glosas del lejano yelmo de Mambrino con celada y hasta visera, coronados con una suerte de rehiletes a punto de despegar, las miradas de tan voluntariosa pareja de combatientes-sobrevivientes queda resguardada por unas antiparras de soldador que impiden escapa aun la menor chispa de espíritu de semejantes creaturas, la mayor de las cuales porta como símbolo o portaestandarte un Carassius auratus, pez dorado japonés, de la familia Cyprinidae, por cierto una de las primeras especies domesticadas por el ser humano y que en el territorio del papel refulge en su paleta solar, desde los incendios naranjas, pasando por unos casi imperceptibles incendios bermejos, hasta los destellos áureos.
La delectación taxonómica de la artista no se agota en este atisbo a temperamentos varios, sino que incursiona en un viaje o ponderación por distintos estados de ánimo: entre ellos, Retrato de mi miedo o Retrato de mi dolor, o uno más de alusión genérica e imprecisa: Retrato con pesadilla, en el que el color es provisto por un collage. Sorpresa tras sorpresa.
En fin, cortejo o tropel de bellísima imagen, forma y proporción, salido de la chistera, que es la mano y también la mente de Mónica Álvarez Herrasti en su empeño lúdico y enérgico por amedrentar a sus monstruos y fantasmas, exorcizándolos mediante la invocación a la armonía y el equilibrio de la creación poética. Y este universo de asombros se presenta, como si lo hubiese alcanzado el destino, en un exótico sitio dado a las apariciones: la Taberna El Cerdo de Babel, en Saltillo, Coahuila.